El orden mundial hobbesiano de Donald Trump

hace 4 días 7

Un año después de iniciar su segundo mandato, Donald Trump se ha consolidado como el presidente más revolucionario de la historia reciente de Estados Unidos. Si bien su ‘Estados Unidos primero’ parecía una postura aislacionista (sobre todo para la base Maga), ahora está claro que abarca una visión hobbesiana del mundo en la que un Estados Unidos poderoso obtiene lo que quiere de aquellos a los que considera débiles.

En esta visión es poco probable que Estados Unidos se enfrente militarmente a potencias que sean ‘pares’, como China, o a Estados nucleares, como Rusia y Corea del Norte. Más bien, competirá con estas y otras potencias por los recursos y las tecnologías avanzadas, para así evitar que se vuelvan ‘más superpotencias’ que Estados Unidos. Y Trump probablemente limitará su participación en sus ‘esferas de influencia’, siempre y cuando estas se mantengan al margen de lo que él considera que es de EE. UU.

El tema es que a ojos de Trump, esto último no es lo que esas potencias rivales están haciendo. La presencia de China en América Latina se considera cada vez más una amenaza estratégica. Ese país ha invertido miles de millones de dólares en Brasil, ha incorporado a Colombia a su iniciativa global ‘Un cinturón, una ruta’ y ha invertido profusamente en la producción argentina de cloruro de litio, un componente clave en la fabricación de baterías.

China también ha sustituido a los exportadores estadounidenses de soja al duplicar sus compras a Brasil (hasta 50.000 millones de dólares) y ha convertido el puerto de Chancay, en Perú, en el centro neurálgico de su logística física en la región.

Su comercio electrónico con América Latina también se disparó en torno a un 50 % en 2025, al tiempo que ha vinculado la infraestructura digital a los objetivos de China en materia de soberanía de datos, control de la ciberseguridad y expansión de su capacidad de vigilancia. Por si fuera poco, China también ha ampliado significativamente su presencia militar en todo el continente mediante la venta de armas, programas de capacitación y alianzas estratégicas, en particular con Venezuela.

La opinión de que la presencia de China en América Latina es una amenaza para Estados Unidos se basa en una idea de vieja data: la Doctrina Monroe de 1823, que estableció el dominio de Estados Unidos sobre el hemisferio occidental, afirmando que cualquier intervención extranjera en el continente americano se consideraría un acto hostil.

Desde entonces, casi un tercio de las cerca de 400 intervenciones estadounidenses que han tenido lugar en todo el mundo se produjeron en América Latina, donde Estados Unidos ha derrocado gobiernos que consideraba desfavorables a sus intereses, a menudo con tácticas que tribunales internacionales posteriormente declararon ilegales.

En 2013, el secretario de Estado del presidente Barack Obama, John Kerry, anunció que “la era de la Doctrina Monroe” había terminado: Estados Unidos trataría a América Latina como un socio. Pero esa postura ahora se ha revertido: en su Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de 2025, la administración Trump se comprometió a “reafirmar y hacer cumplir” la Doctrina Monroe. El escenario para el ataque de Estados Unidos a Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, estaba listo.

El porqué de Delcy

Maduro era un dictador que se robó las elecciones presidenciales de 2024, diezmó la economía venezolana y violó los derechos humanos de su pueblo. Pero la intervención estadounidense tuvo poco que ver con ‘liberar’ a Venezuela de la ‘tiranía’ de Maduro. Según esa lógica, hay muchos más dictadores a los que EE. UU. tendría que derrocar, pero Trump está hoy más interesado en amenazar con anexar a Groenlandia.

Trump ni siquiera está particularmente interesado en un cambio de régimen en Venezuela. Dos líderes de la oposición, Edmundo González y la premio Nobel de la Paz María Corina Machado, ganaron las elecciones, pero la administración Trump se ha negado a permitir que ninguno de los dos asuma el poder. Es de suponer que los considera demasiado débiles y/o liberales para servir como lacayos eficaces. En su lugar, la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez –cuya amplia experiencia en doblegarse ante China y Rusia podría ser transferible a EE. UU.– ha asumido el cargo de presidenta interina.

Aunque la NSS no menciona a Venezuela, no deja lugar a dudas sobre las intenciones de Trump en ese país. Según afirma, Estados Unidos no permitirá que “competidores no hemisféricos posicionen fuerzas u otras capacidades amenazantes, ni que posean o controlen activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”. En otras palabras, Trump quiere asegurarse que Estados Unidos, y no sus adversarios, sea quien controle los vastos recursos de Venezuela, empezando por las mayores reservas de petróleo del mundo.

Collage trump, machado

Trump decidió apoyar a Delcy Rodríguez por encima de María Corina Machado. Foto:EFE / EL TIEMPO

Hasta ahora, China ha representado alrededor del 80 % de las ventas de petróleo anuales de Venezuela. Entre los compradores del 20 % restante, vendido a precios reducidos, se encuentra Cuba, que ha sido una espina clavada para EE. UU. desde 1959. La toma de control de la industria petrolera venezolana ofrece, por tanto, múltiples ventajas: oportunidades para las empresas petroleras estadounidenses, la privación de una fuente de energía para China y el debilitamiento de la ya maltrecha economía cubana.

Sin duda, a Trump le encantaría ser el presidente estadounidense que finalmente logró derrocar al régimen cubano, sobre todo porque le reportaría muchos puntos políticos entre la numerosa comunidad cubana de Estados Unidos. El secretario de Estado, Marco Rubio, ha insinuado que Trump podría incluso apuntar directamente a Cuba. (El presidente de izquierda de Colombia, Gustavo Petro, también ha recibido amenazas de la administración Trump, debido a sus duras críticas a las intervenciones de la Casa Blanca en América Latina).

No solo petróleo

Más allá del petróleo, Venezuela podría poseer importantes reservas de minerales críticos, incluidos elementos de tierras raras, que son vitales para numerosas industrias de alta tecnología, como la de semiconductores. Controlar estas reservas le permitiría a EE. UU. erosionar el dominio chino sobre las cadenas de suministro de minerales críticos.

La obsesión de Trump por apoderarse de la riqueza mineral de otros países –clave, en su opinión, para mantener la hegemonía industrial de EE. UU.– va mucho más allá de Venezuela. El año pasado, Washington obligó a Ucrania a firmar un acuerdo para compartir los beneficios de la futura venta de sus reservas minerales y energéticas, supuestamente para reembolsar a Estados Unidos por apoyar la defensa de Ucrania. Y Groenlandia está en el punto de mira de Trump porque tiene las mayores reservas sin explotar de elementos de tierras raras en el mundo.

Trump afirma que su país está proyectando fuerza para que se lo “respete de nuevo”. Y muchos líderes están dispuestos a seguirle el juego, con la esperanza de sacar algún rédito. El presidente de derecha de Argentina, Javier Milei –que debe su victoria en las elecciones intermedias del año pasado a un rescate de 40.000 millones de dólares estadounidenses–, aplaudió el ataque a Venezuela, al igual que otros líderes de la región. Y los partidos “patriotas” de extrema derecha de Europa, que la NSS elogia, también acogieron con beneplácito la medida.

Sin embargo, a esta altura debería quedar claro que no se puede confiar en Trump. Los aliados europeos de Estados Unidos finalmente están aceptando esta realidad, en tanto enfrentan la posibilidad de tener que defender a Groenlandia de Estados Unidos. Lo mismo ocurre con Machado, que dedicó su Premio Nobel de la Paz a Trump, con la esperanza de que derrocara al régimen de Maduro y le permitiera tomar el poder, solo para luego ser marginada. 

Con la operación en Venezuela, Trump ha invitado abiertamente a China a invadir Taiwán, al tiempo que ha justificado la invasión de Ucrania por parte de Rusia. También ha sentado las bases para más acciones militares ilegales de Estados Unidos en América Latina y otras partes. Si el mundo quiere evitar el amanecer de una nueva era hobbesiana en las relaciones internacionales, las condenas no serán suficientes. Las grandes potencias emergentes –como Alemania, India y Japón– deben trabajar juntas para afirmar y hacer cumplir las normas de conducta.

SHLOMO BEN-AMI*

© Project Syndicate

Tel Aviv

(*) Vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz. Fue ministro de Asuntos Exteriores de Israel.

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