MADRID.- Esta semana participé en un foro en Málaga junto al presidente de México, Felipe Calderón, y Cayetana Álvarez de Toledo, dos referentes de la defensa democrática en nuestro mundo hispano. Fue un encuentro de gran nivel intelectual y político, organizado por el Partido Popular de Málaga, que reunió a dirigentes, académicos y miembros de la diáspora venezolana para debatir sobre el futuro de la libertad y la democracia en nuestra región. Allí se presentó también la iniciativa “La Oficina por la Libertad y la Democracia”, concebida como un espacio de articulación entre España y América Latina frente al avance del autoritarismo.
En mi intervención expuse una verdad que ya no admite disimulos: el colapso venezolano no es un asunto interno, sino un fenómeno transnacional que alimenta la expansión del populismo en todo el continente. Dije con claridad que Maduro dejará de ser el financista del populismo que avanza por Hispanoamérica, porque el dinero sucio, el narcotráfico y la propaganda ideológica no pueden seguir siendo las armas con las que se compran conciencias y se corrompen instituciones. La defensa de la libertad en Venezuela es, hoy, una causa global.
Esa advertencia conecta con una reflexión más amplia sobre los hilos que unen las crisis que vivimos: desde el populismo que manipula el discurso de los pobres hasta el terrorismo que usa la religión para justificar la barbarie, pasando por el narcotráfico que envenena cuerpos y sociedades enteras. En todos esos escenarios, la mentira opera como sistema y la impunidad como norma. Lo hemos visto en Cuba, donde la revolución prometió justicia y sembró sumisión; lo vemos en Venezuela, donde el socialismo del siglo XXI se degradó en un cartel político; y lo percibimos en las nuevas rutas del crimen organizado que hoy trafican no solo drogas, sino también desesperación.
El fentanilo, ese opioide que mata silenciosamente en Estados Unidos y Europa, es otra cara de la misma tragedia: redes criminales sostenidas por la corrupción y amparadas por gobiernos que se dicen revolucionarios. No es casual que el régimen venezolano sea hoy un punto de tránsito para esas sustancias. La narcopolítica se ha convertido en una amenaza global, tan destructiva como las guerras ideológicas que disfrazan de justicia lo que en realidad es poder desnudo. No dejes de leer esta nueva edición en mi serie de folletos didácticos. (Documento al final del artículo).
Lo mismo ocurre con el terrorismo y la hipocresía con la que muchos lo juzgan. Rechazo con firmeza a quienes condenan unas violencias mientras guardan silencio ante otras. No puede haber justicia selectiva ni derechos humanos por conveniencia. La masacre de inocentes, en Gaza o en Venezuela, en París o en Caracas, debe doler por igual. La verdad moral no tiene pasaporte.
Vivimos un tiempo en que las fronteras ya no se trazan entre países, sino entre valores. De un lado, quienes trafican con mentiras, ideologías o drogas; del otro, quienes todavía creemos que la política debe ser un acto de dignidad. Por eso insisto: la verdad es hoy nuestra frontera común. Defenderla exige coraje, claridad y constancia. No para dividir, sino para unir a los pueblos libres frente a la mentira organizada del poder.
FUENTE: Publicado en Boletín Antonio Ledezma
hace 3 meses
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