
El festival Burning Man abrió sus puertas el fin de semana bajo condiciones extremas provocadas por una brutal tormenta de polvo seguida de una intensa lluvia, lo que resultó en incidentes, daños y asistentes atrapados en el barro en la superficie del desierto de Nevada.
Según reportó San Francisco Gate, los eventos meteorológicos obligaron a cientos de asistentes a improvisar soluciones, enfrentando dificultades con su equipaje, alojamiento y transporte dentro del recinto conocido como Black Rock City. En la noche del sábado, fuertes ráfagas de viento de hasta 83 km/h arrasaron las estructuras de sombra, yurtas y obras de arte instaladas en el campamento.
A pesar de que “la arena fina logró colarse incluso por las ventanas cerradas de los vehículos recreativos”, confirmó el medio estadounidense, la situación se agravó todavía más cuando, el domingo tras la apertura oficial de las puertas, una tormenta de lluvia se sumó a las complicaciones, dejando una mezcla de lodo denso que afectó tanto a peatones como a ciclistas y automovilistas.
San Francisco Gate documentó el testimonio de Timothy Karoff, uno de sus reporteros culturales desplazado en la zona, quien describió la experiencia en términos contundentes: “en cuestión de minutos, mis zapatillas quedaron cubiertas por casi cinco centímetros de barro, tanto que sentía como si llevara botas lunares”.
Karoff también relató las dificultades que enfrentó al tratar de circular en bicicleta, ya que las ruedas quedaron completamente inmovilizadas por la mezcla de polvo residual y agua. “Intenté girar y regresar, pero el barro había trabado las ruedas de mi bicicleta. Ni siquiera podía empujarla de vuelta”, narró al medio californiano.
La combinación de tormenta de polvo seguida de lluvias sorprendió a los organizadores y a gran parte de los asistentes, al coincidir con el primer día del festival. Muchos vehículos quedaron inmovilizados en las inmediaciones, con filas de automóviles aguardando la autorización para ingresar.
En ese contexto, algunos conductores debieron dormir en sus coches durante varias horas, hasta que la superficie de la playa endureció lo suficiente para permitir el paso.
Mientras tanto, otros asistentes, como el propio Karoff, ingresaron al festival en los autobuses proporcionados por Burning Man desde Reno y San Francisco, lo que dificultó aún más la logística de su llegada.
Sin carpa ni método alternativo de resguardo, Karoff quedó literalmente sin un lugar donde dormir hasta recibir la ayuda de un grupo de australianos que accedió a alojarlo en su campamento. Sobre su experiencia, relató: “aprendí dos lecciones de Burning Man: estar preparado para todo y, si no lo estás, confiar en la solidaridad de los extraños”.
La tormenta también afectó los movimientos internos al festival. Algunos trams y vehículos de apoyo, encargados de transportar bicicletas y pertenencias, resultaron bloqueados en el barro. Más de una veintena de asistentes permaneció varada sin acceso a su equipaje durante horas en las paradas improvisadas en la playa.

Según el cronista, la sensación general entre los recién llegados combinaba agotamiento, desconcierto y gestos espontáneos de camaradería, como la repartición de bebidas compartidas mientras esperaban noticias o la aparición de algún medio de transporte disponible.
La mañana del lunes, con la superficie parcialmente recuperada, los campamentos retomaron parte del ritmo habitual. La música volvió a los altavoces y la vida dentro de Black Rock City empezó a normalizarse, aunque persistían los restos de la tormenta en el estado de las calles y la disposición de los campistas.
No obstante, el pronóstico seguía sin ser favorable. Las autoridades del evento advirtieron desde la emisora interna que otra tormenta de polvo podría presentarse al inicio de la noche, obligando a los participantes a prepararse para posibles “condiciones de visibilidad nula”.